miércoles, 29 de junio de 2016

PRESUPUESTO PARTICIPATIVO Y PARTICIPACIÓN CIUDADANA

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PREVENIR LOS CONFLICTOS SOCIALES

Por: Fulgencio Quispe Apaza.
Ex - Especialista en Concertación y Comunicación del MINDES.

Uno de los rasgos más importantes del escenario político de los últimos años del Perú es la paradójica coexistencia de una relativa dinámica de crecimiento económico, que ha permitido cierto nivel de reducción de pobreza, un proceso de institucionalización democrática, en el restablecimiento de equilibrios y contrapesos entre los poderes del Estado, en el desarrollo de un proceso de término medio de regionalización y descentralización, así como en la apertura de espacios para la participación de la sociedad civil en diversas decisiones del Estado. Paralelamente el país se encuentra actualmente en un proceso de consolidación democrática, en un contexto de oportunidades para el crecimiento económico, pero afrontando la paradoja de la extrema pobreza subsistente aún en las zonas marginales. Esto implica generar aprendizajes políticos que puedan atender esta dicotomía manteniendo la gobernabilidad democrática.

 

Si queremos liderar procesos de cambio hacia un desarrollo sostenible, bajo una gestión democrática, tenemos que fortalecer la comunicación con la sociedad a través de sus distintas instancias y niveles de gobierno,  así como  contar con la confianza necesaria para gobernar y es necesario que se conozca de cerca la realidad  social, contando con las nuevas herramientas de la gestión pública y gobernabilidad para la prevención, registro y solución de las distintas demandas sociales, que devienen en conflictos sociales, y evitando que requieran ser atendidas en etapas de crisis, por el ello la Presidencia del Consejo de Ministros (PCM) en los últimos años se ha propuesto dotar al Estado de un sistema de registro con un enfoque preventivo, que al momento no le está dando resultados.

 

Es necesario generar el fortalecimiento institucional con un nuevo enfoque para resolver conflictos sociales en el Perú que no debe tratarse de un cambio de denominación como sucedió con la anterior Oficina de Gestión de Conflictos Sociales y ahora Oficina de Diálogo Nacional, que no está dando resultados a pesar de contar con una asesoría de un Consejo Consultivo integrado por figuras políticas y profesionales que deben tener en cuenta que estamos en democracia, donde los conflictos sociales existen y deben resolverse, por que sólo en dictaduras no hay conflictos, porque se reprimen o se esconden.

 


Resalta en nuestro país la baja legitimidad de nuestras instituciones, los altos niveles de desconfianza ciudadana frente a nuestras autoridades, y crecientes niveles de conflictividad social, que muchas veces desencadenan episodios de violencia, por ello las instituciones del Estado y de la sociedad civil tiene que hacer prevención y no solamente seguimiento de los conflictos existentes a nivel nacional, regional y Provincial, la PCM debe tomar acciones directas en este tema a través de la dependencia: Gestión de Conflictos Sociales y ahora Oficina de Diálogo Nacional y su “Programa de apoyo para una cultura de paz y fortalecimiento de capacidades nacionales para la prevención  y el manejo constructivo de conflictos”.

 

Hay muchas maneras de entender y definir los conflictos sociales, por ello resulta necesario empezar por hacer explícitas las consideraciones teóricas que dan forma al análisis que aquí realizamos, así como los criterios que manejamos para el diseño de una estrategia de prevención y seguimiento de los conflictos sociales por parte del Estado. Si revisamos las principales fuentes disponibles que recogen información sobre estos conflictos (la defensoría del Pueblo y la oficina de diálogo nacional de la PCM), encontraremos que existen diversas maneras de aproximarse a esta problemática. La defensoría del Pueblo, según su mandato, se preocupa  principalmente por atender la vulneración de derechos ciudadanos por parte del Estado, por lo que tiene una lógica “garantista” en su aproximación al tema. De otro lado, la PCM tiene como preocupación principal  el mantenimiento de una lógica de gobernabilidad democrática, que se expresa en un tratamiento diferente de los conflictos sociales. Además, el tratamiento de estos asuntos ha ido cambiando  a lo largo del tiempo, conforme ganaban en amplitud e importancia, con lo cual el resultado no siempre es coherente. De ahí, la preocupación principal gira en torno al desarrollo de una estrategia de prevención, seguimiento y solución de conflictos.

 

El Estado está involucrado centralmente en los conflictos, ya sea porque  su actuación de promotor de alguna política cuestionada, e incumplimiento de la función de regular la actividad de actores privados o garantizar el ejercicio de derechos ciudadanos, o porque se le pide atención, acceso a recursos, o porque se cuestiona el uso de los mismos por alguna autoridad. Debemos entender por Estado a un amplio conjunto de instancias, tanto “horizontal” (sectores, Organismo Público Descentralizado OPD) como “verticalmente” (diferentes  niveles  de  gobierno,  nacional,  regional  y local). Es  importante tomar en cuenta esta diversidad de papeles, sectores y niveles del Estado.

 

Según los datos disponibles, los llamados “conflictos socio ambientales” son los más frecuentes en nuestro país. Sin embargo, pueden tener causas y contenidos distintos y tomar cursos disímiles en regiones con historias y contextos diferentes. Por otro lado, existen comunidades que dan un rotundo no a la explotación minera, sin agendas “ocultas” de por medio (Río Blanco en Piura y Secclla en Huancavelica, por ejemplo). En estos casos se enfrentan diferentes concepciones del “desarrollo”. Mientras la posición de las empresas –y del Estado– se sustenta en su afirmación de promover el crecimiento económico y en la racionalidad utilitarista del mercado que desvincula la economía de los otros aspectos de la vida social, para las comunidades rurales la economía se encuentra insertada en un conjunto de relaciones recíprocas y construcciones simbólicas.

 

Los conflictos con una connotación supuestamente  “étnica” –sobre todo  en la sierra sur– presentan un panorama similar: el discurso –ambientalista en algunos casos, étnico en otros, y a menudo los dos juntos– es el “vehículo” para transportar demandas “de fondo”. Por ejemplo, en el caso de la región Puno percibimos que el discurso étnico es un recurso que suele ser utilizado en el marco de un repertorio más amplio al que se apela, en tanto significa una mayor posibilidad de acceder a derechos, gracias a convenios y tratados internacionales suscritos por el país.

 

Por estas razones concluimos que es importante ir más allá de las expresiones y tratar de llegar a la causa de los conflictos, a lo que realmente está en juego. Otro aspecto común  es la presencia de un nuevo tipo de actores sociales en los conflictos. El rol que antes asumían las federaciones agrarias, los sindicatos y hasta los partidos políticos, hoy en día lo ocupan organizaciones generadas muchas veces ad hoc en el contexto del conflicto mismo: “comités de lucha” y “frentes de defensa” que, por lo general, se desintegran cuando el conflicto se resuelve. Una excepción son las federaciones indígenas en la selva. Actualmente,  existen  centenares  de organizaciones amazónicas de primer  grado, y decenas de federaciones regionales. Sin embargo, a menudo la organización gremial choca con la organización básica-inicial de los pueblos indígenas, lo cual dificulta la representatividad.

 

La debilidad de las organizaciones sociales es perniciosa para el desenvolvimiento de  los  conflictos. Una organización fuerte, con capacidad de formulación de demandas y negociación, puede plantear pedidos viables y obligar  a su adversario a sentarse para conversar antes de recurrir  a medidas más drásticas; una organización débil, en cambio, tiene que recurrir a formas más disruptivas para hacerse escuchar, y sus demandas  no siempre podrán ser atendidas. Es así que  en un contexto de fragmentación social, las medidas de fuerza –los paros, las huelgas, los bloqueos de carretera, etc.–, que en el peor de los casos podrían ser la última opción cuando se han agotado todos los recursos de la negociación, se convierten en una estrategia habitual en los conflictos. Por esto es tan importante fortalecer la organización social, no debilitarla. Uno de los principales actores en los conflictos sociales es el Estado mismo, en un doble sentido. Por un lado, la gran mayoría de los conflictos se originan  como reacción a alguna iniciativa del gobierno: un proyecto de inversión grande (Inambari, la planta Hidroenergética en Espinar); la privatización de infraestructura estatal (Paita y otros puertos); o una medida legal (la llamada “Ley de la Selva”) que genera la resistencia de poblaciones afectadas. Cabe añadir que existen conflictos en los cuales el Estado es cuestionado por su inacción, por no garantizar el cumplimiento de derechos o acuerdos entre actores privados o sociales.

 

Pero el Estado es también un actor directo cuando aparece como demandante. Los conflictos por demarcación territorial –como aquel entre las regiones de Puno y Moquegua, o a nivel intrarregional, entre los distritos de Ituata y Ayapata en el departamento  Puno– son  conflictos  entre  gobiernos  subnacionales  (regionales, locales), cada uno apoyado por su respectivo frente de defensa o comité de lucha. La demanda de fondo suele estar vinculada a la mayor asignación de recursos por el canon. Otras pugnas por recursos públicos son más directas, sin pasar por la demarcación territorial, como  es el caso en el conflicto entre Tacna y Moquegua; y, en algunos enfrentamientos a nivel  intrarregional (Abancay y Andahuaylas en Apurímac; Moyobamba y Tarapoto en San Martín; Ituata y Ayapata en Puno).

 

Lo que se expresa en este último tipo de conflictos es una preocupante escala de identidades regionales que pone en tela de juicio la integración del Perú como Estado nacional. Respecto a la gestión de los conflictos, la capacidad que encontramos en las regiones es muy deficiente. El único sector que cuenta con una oficina de gestión y Prevención de conflictos Sociales es el Ministerio de trabajo y Promoción del Empleo, pero con competencias muy acotadas a su ámbito de actuación (conflictos netamente laborales) y aun en este rubro con capacidades insuficientes.

 

En suma, la incapacidad  del Estado para afrontar con eficiencia los conflictos sociales es evidente. Por lo general, el Estado reacciona de manera tardía; es decir, interviene con mecanismos ad hoc, como la instalación de mesas de diálogo  o el envío de comités de alto nivel cuando un conflicto asume formas violentas. Despliega mucho activismo, pero no hay una política propiamente dicha de respuesta ante conflictos y mucho menos una política de prevención. Las instituciones públicas no cuentan con un protocolo de prevención o resolución de conflictos.

 

Finalmente, cabe señalar que la presencia de “terceros” –actores extra locales e “interesados”, como partidos políticos, ONG y otros potenciales brokers– en los conflictos revisados es secundaria y prácticamente limitada a los conflictos en torno a industrias extractivas. Al igual que los medios de comunicación, influyen  en la generación de opiniones y refuerzan posiciones, pero sería equivocado considerar que los conflictos sociales se deben, en primer lugar, a la “instigación” de actores externos. Más que “generar” el conflicto, estos actores suelen sumarse a posiciones tomadas por los actores principales.
 
 




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