Consultor del Instituto Gobernabilidad Perú-Huacho
Al inicio de gestión de autoridades locales distritales, provinciales y regionales, tenemos que recordarles en que ellos son parte de la consolidación de un proceso electoral democrático, en que cada ciudadano ha tomado la decisión de entregar su confianza en la conducción y administración de la cosa pública, al igual que demandará al cabo del final del periodo los resultados, conforme a los compromisos asumidos, inicialmente.
Por ello es vital para la democracia, incorporar un principio que no puede permitirse ser escaso en el sistema político, la Confianza del Pueblo, pues se constituye en la esencia misma del sistema democrático; el proceso periódico de elecciones es simplemente, un instrumento para alcanzar el objetivo, el cual sin embargo, ha de mantenerse íntegro en los períodos inter electorales como exigencia y fundamento mismo del sistema.
Es aconsejable e indispensable, la existencia de un estado de ánimo en que el pueblo ha de sentirse como el verdadero titular del poder y tiene que creer que sus intereses son el verdadero objetivo de los gobernantes como fiduciarios del pueblo. Lo grave de las perversiones del sistema democrático que son la partidocracia y la corrupción es que olvidan –o no sólo eso, más grave aún: destruyen– la subsistencia de esa confianza en nombre de un uso puramente formal y abusivo del argumento electoral, al que pretenden reducir, con notorio desvío, la esencia misma de la Democracia.
Nuestras autoridades deben mantener los esfuerzos de conservar la confianza, para fortalecer el sistema democrático, en todo momento, plantear por lo menos algunas interrogantes que conduzcan a la evaluación de la democracia en la que todos creemos, como por ejemplo: ¿Cómo se puede mantener viva la confianza de la población en sus gobernantes?, ¿la confianza es algo que se produce por generación espontánea o por el contrario, se construye diariamente dentro de un sistema democrático?
El fortalecimiento, el afinamiento, la operatividad práctica de la relación fiduciaria entre gobernados y gobernantes no puede consistir, como algunos parecen pretender, en una fe ciega de los primeros en los segundos, una fe global expresada, además, de antemano en el momento de las elecciones que apuesta por el simple azar de su acierto, no revisable ya hasta la siguiente cita electoral. No es la fe ciega, sino la confianza racional, constantemente renovada, fruto del conocimiento personal y de la aceptación cotidiana y permanente de la actuación de los gobernantes, lo que únicamente puede ser la base eficaz de esa relación.
En consecuencia, resulta imperativo que los ciudadanos basemos nuestra confianza en el conocimiento de la racionalidad y de la objetividad de la actuación de nuestros gobernantes, lo que exige instaurar en nuestro sistema institucional, un estado de transparencia absoluta, paralelo a una sociedad que haya decidido aceptar a la Democracia como su fe fundamental y elemental, que sus ciudadanos conozcan lo que su gobierno está haciendo.
Ningún gobierno democrático puede sobrevivir sin rendición de cuentas y el postulado básico de la rendición de cuentas es que el pueblo cuente con información acerca del funcionamiento del gobierno. Únicamente si el pueblo sabe la forma en que su gobierno funciona, es que el primero estará cumpliendo con el papel que la Democracia le asigna y hacer de esta Democracia realmente efectiva y participativa.

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